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Una forma diferente de tratar el dolor

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Mundo Mutual
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Por el Dr. Mario Bruno – Ilustración: Matías Roffé

 

El dolor se define como la percepción sensorial localizada y subjetiva que puede ser más o menos intensa, molesta o desagradable, y que se siente en una parte del cuerpo como resultado de una excitación o estimulación de terminaciones nerviosas sensitivas especializadas. Es algo conocido por el hombre desde la antigüedad y ha constituido siempre uno de los retos más difíciles para los profesionales implicados en la salud. La experiencia del dolor empieza desde la infancia cuando el organismo es atacado o se lesiona. Allí aprendemos a utilizar el sustantivo para expresarlo. El dolor, de acuerdo a su duración, se puede clasificar en agudo y crónico, y de acuerdo a su intensidad, en leve, moderado o severo. Puede ser percibido con distinta intensidad de acuerdo a la personalidad del individuo, a las circunstancias y al tipo, ya que posee un cierto carácter subjetivo. El dolor agudo es una experiencia de inicio repentino, duración breve en el tiempo y con remisión paralela a la causa que lo produce. Nos avisa de que nos hemos hecho daño. Un ejemplo cuando nos quemamos, durante el parto o cuando se sufre un ataque cardíaco. Existe una relación estrecha temporal y causal con la lesión provocada por una enfermedad. Cuando la lesión se cura, el dolor desaparece. Su duración se extiende desde pocos minutos a varias semanas.

En contraste, el dolor crónico es mantenido o recurrente, presente durante un período de tiempo prolongado, debido a distintas enfermedades y trastornos. Es duradero y se mantiene durante más de seis meses, pudiendo continuar incluso después de la recuperación de una enfermedad, lesión o un daño agudo. Un ejemplo es el sufrido en la artrosis. En el paciente con dolor crónico es habitual la presencia de trastornos psicoafectivos, que alteran su entorno familiar y laboral. Son significativas las manifestaciones depresivas en forma de alteraciones del sueño, irritabilidad o desinterés, convirtiéndose el dolor no en un síntoma como en el caso del agudo, sino en una enfermedad que puede acompañar al individuo durante parte importante de su vida, disminuyendo la calidad de la misma. Ejemplos de lo dicho son el cáncer, fracturas patológicas, neuralgia postherpética, etc. Un 30% de los ancianos acuden a la consulta médica por dolores óseos y de las articulaciones. Desde el punto de vista epidemiológico, el dolor tiene una alta prevalencia y un gran impacto individual, familiar, laboral, social y económico. Se sabe que aumenta con la edad, llegando al 42,6% de los mayores de 65 años. Si es de tipo crónico tiene una alta incidencia en la tercera parte de la población, donde el 60,5% lo padecía desde hacía más de tres meses.

La mujer está más afectada que el hombre, y la población joven padece más dolor de cabeza. La mayor de 65 años sufre más dolor en las extremidades inferiores. Hasta el 61,7% de las personas toman algún fármaco y hay un 29% de autoprescripción.

La forma en que se origina y trasmite el dolor es la siguiente: el proceso se inicia con la activación y sensibilización de receptores nerviosos que corresponden a las terminaciones libres de fibras nerviosas localizadas en tejido cutáneo, en articulaciones, en músculos y en las paredes de las vísceras que captan los estímulos. Allí, el estímulo se transforma en impulso eléctrico. La fibra nerviosa estimulada inicia el impulso nervioso (eléctrico), denominado potencial de acción, que es conducido hasta la segunda neurona ubicada en la médula. Y de allí, a través de la acción de los neurotransmisores, llega a los centros superiores ubicados en el cerebro, donde tiene lugar el reconocimiento.

En relación a la terapéutica, hay tratamientos que usan medicamentos, como los analgésicos. También hay tratamientos sin medicamentos, como la acupuntura, la fisioterapia y, a veces, la cirugía. El dolor no siempre es curable, pero hay muchas formas de tratarlo. Depende de la causa y el tipo. El tratamiento debe ser personalizado y hay que evitar la automedicación incontrolada. El uso indiscriminado de analgésicos, como por ejemplo el ácido acetilsalicílico, puede traer problemas derivados de su uso indebido y abusivo, como ulcera gastroduodenal. Hay que seguir siempre las indicaciones del especialista. Se recomienda acudir al médico en casos de dolores repentinos, muy intensos y sin causa justificada. Existe una forma especial de alivio, a través del uso de calmantes locales, que tienen las propiedades anestésica,
antiinflamatoria y vasodilatadora. Por otro lado, tienen la capacidad de permeabilizar las membranas nerviosas a los iones de potasio y sodio, esenciales en la conducción eléctrica, elevando el potencial de acción de las neuronas de 70 a 290 mv (efecto polarizante de membrana) con lo que se consigue bloquear, adormecer, o “resetear” las zonas irritadas del mismo según la dosis aplicada.

Altas dosis de anestésico bloquean el impulso nervioso y pequeñas modulan el estímulo. Utilizando esta última propiedad de los anestésicos locales, y aplicándolos en diferentes zonas de irritación del organismo, se busca tratar todas las posibles áreas de irritación neural que generan el estímulo o el arco reflejo que contracturan el músculo. Todas o algunas de estas zonas pueden estar afectadas en un mismo paciente, generándole la patología y el dolor. De esta forma, contamos con una nueva modalidad de analgesia, que permite una buena calidad de vida.

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