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¿Cómo será la economía mundial después de la pandemia?

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Esmeralda Torre
Licenciada en Economía por la Universidad de San Andrés (UdeSA), y MS Strategic Design & Management - The New School Parsons (Nueva York).

Imaginemos que la humanidad adquiere la inmunidad de rebaño y que el virus entra en retirada. Imaginemos una economía estándar, normalizada, que recupera los lazos productivos. ¿Cómo se reconstruirán las relaciones comerciales y los patrones de desarrollo para los años venideros? ¿Será el futuro de la economía color verde? La tecnología y las comunicaciones permiten ilusionarnos con una recuperación un poco más rápida que las que hubo luego de las grandes crisis. Veamos, a tal proyección, las enseñanzas que nos deja la historia

«La humanidad no posee regla mejor de conducta que el conocimiento del pasado».

Polibio, Historia del ascenso de Roma, I, 1.

Llevamos un poco más de un año desde el comienzo de la pandemia, que ha sido mucho más que una crisis sanitaria. Sus efectos son a escala planetaria, donde padecemos en nuestra propia carne las consecuencias de haber utilizado a la naturaleza y sus recursos sin el cuidado suficiente. Ya nadie más subestimará el hecho de que las enfermedades de animales que infectan a los bípedos racionales son una de las amenazas más serias que enfrenta la salud mundial.

Es sumamente difícil dar respuesta a todos los interrogantes, dado que los expertos aún están trabajando en un conjunto de herramientas métricas para estimar qué porcentaje de la población requerirá de inmunidad protectora para que se alcance la indemnidad comunitaria. A modo de equivalencia, en el campo de la economía, pudo comprobarse que el mundo es un sistema en el que todo elemento que lo compone, por insignificante que parezca, interactúa con otros y acaba por influenciar al conjunto. Las instituciones y las grandes corporaciones de los países del primer mundo configuran mercados internacionales mediante los usuales modelos de competencia que operan con las variables VUCA (abreviatura en inglés que significa volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad). La pandemia ha resultado un problema para estos modelos, donde las economías débiles sufren violentas fluctuaciones de precios en los mercados financieros como en los de las materias primas. Y a su vez, estas comunidades nacionales reaccionan como pueden sin contemplar la idea de un crecimiento real sustentable, recurriendo sin más al estilo “manotazo de ahogado”.

Presente y pasado

En la actualidad, nos enfrentamos a una economía mundial que consiste en un conjunto de relaciones entre centros económicos de interés y poder (político, comercial, tecnológico, militar y financiero) y de fuerzas periféricas desiguales (similar al viejo esquema que enunciaba Braudel en su famosa conferencia sobre la “Dinámica del capitalismo”), dado que las estructuras de los mercados están basadas en enfrentamientos y pactos entre centros y periferias, que en algunos casos parecen resultar contradictorios a la idea de globalización. Pues, por ahora la única pregunta que podemos hacernos es: ¿cómo podemos los humanos integrarnos a la madre naturaleza y construir una economía sana y briosa para el porvenir?

Nuestras crisis, nuestras huellas

Si trazamos una línea de tiempo de los últimos 100 años, podemos detallar tres grandes crisis y sus formas de recomponer y parchear la situación.

Las crisis económicas del siglo veinte o “crisis del capitalismo” han representado fases de un ciclo que significó un periodo de escasez en la producción, comercialización y consumo de productos y servicios. Sus principales características, como la “recesión, contracción y depresión” han dejado sus efectos negativos en el tiempo, produciendo un rebote de inestabilidad constante. A su vez, podemos observar cómo hemos calcado estas experiencias para armar una hoja de ruta hasta la actualidad.

En orden cronológico, la Gran Depresión de 1929 fue provocada en buena parte por la inexistencia en los Estados Unidos de un sector bancario correctamente regulado, que desembocó en la caída de la bolsa de valor de Nueva York. La quiebra inicial de algunos bancos hizo que la crisis bursátil se expandiera por todo el país y, consecuentemente, por el resto del mundo. Gran parte de la actividad económica de los años veinte se sustentaba en inversiones fáciles y a corto plazo, eludiendo las actividades efectivamente productivas, aquejadas por el fenómeno de la sobreproducción. La interrupción de la compra de acciones con dinero procedente de anticipos crediticios fue uno de los factores que determinó el desplome de la bolsa, lo que hizo perder la confianza pública y parte de los inversores optaron por retirar sus capitales.

En el presente, el sistema bancario es muy similar: inflexible y centralizado con falta de confianza tanto de inversores como de agentes económicos en el sistema crediticio y sus frutos.

Franklin Roosevelt, por aquel entonces presidente electo de los Estados Unidos, puso en marcha el famoso New Deal con el objetivo de asistir a los sectores más pobres, reformar los mercados financieros y disminuir el desempleo. En pos de evitar una revolución, se tomaron medidas con ejecución a corto plazo entre las que se pueden encontrar varias reformas financieras, programas de asistencia social urgente, de ayuda para el trabajador, y planes agrícolas basados en un nuevo sistema crediticio, respaldado por diversas agencias  gubernamentales. Hay cierta mitología que repite desde hace casi cien daños que la salida del crack fue con mera inversión estatal en obra pública, lo que no resiste segundas lecturas de análisis cuando se chequean las fuentes de la época.

El proyecto mostró un repunte moderado y esto motivó la creación de un segundo New Deal, mucho más ambicioso y, por ende, costoso. Dicho plan generó en paralelo un endeudamiento exponencial por parte de los Estados Unidos que se mantiene hasta hoy. A su vez, implicó la distribución de los recursos financieros en una escala más amplia, considerando las leyes laborales de protección, que limitaban las reacciones de los empleadores para con los trabajadores que pertenecían o fundaban sindicatos, u todo tipo de acto colectivo en defensa de sus derechos.

Las soluciones iniciales que los principales estados capitalistas adoptaron estuvieron basadas en la confianza depositada en la expectativa sobre productividad de sus trabajadores, lo que les permitió reducir el gasto público para controlar el déficit estatal. Al mismo tiempo, en aras de reforzar la moneda frente a la devaluación, se aplicaron regulaciones al acceso al crédito y control sobre planes sociales para evitar una insolvencia mayor.

Estos new deals serían difíciles de replicar hoy y hacerlos funcionar con eficiencia, dado que la pandemia ha desmantelado a los sectores más bajos de la mayoría de las economías,  por lo que resulta imposible considerar como una opción viable la reducción de gastos fiscales. También, las economías de hoy están sumergidas en un sistema de créditos que permite que se apalanque la idea de innovación que resulta ser el motor de cualquier funcionamiento. Bajo este concepto, se han gestado formas originales de movilizar dinero y nuevos ejes económicos, como el denominado Bitcoin.

 El colapso originado en Wall Street produjo una caída del PIB mundial dada en esencia por la contracción en la producción manufacturera. Un ejemplo significativo: en términos porcentuales, en 1929 el PBI de Austria pasó de un 100% a casi un 80% en 1932.

El resto de la historia para salir de la crisis del 30 ya la conocemos: industria protegida, mercado interno, salarios en alza y expansión de la demanda agregada; la consagración del modelo vino después de la Segunda Guerra. Treinta grandiosos años de crecimiento continuado (la Sociedad Opulenta) que se desmoronaron por los efectos de los altos -altísimos a veces- índices de inflación como corolario del sostenimiento de estados-nación magnánimos con pleno empleo, cuyo nivel de financiación se tornó imposible de salvaguardar.  

Globalización financiera y capitalismo de servicios

En segundo lugar, entre 1945 y finales de los 60, Occidente, particularmente Estados Unidos y Japón, duplicaron su consumo de petróleo. Con un 6 % de la población mundial, Estados Unidos consumía el 33 % de la energía de todo el mundo. Al mismo tiempo, el petróleo, sobre todo el procedente de Oriente Medio, se pagaba en dólares estadounidenses, con los precios también fijados en dicha moneda. La economía norteamericana representaba una cuarta parte de la producción industrial mundial dado a que los trabajadores vernáculos eran cuatro veces más productivos que la media global, pero a cambio de ello el país consumía cinco veces más energía.

Como parte de la estrategia política derivada de la Guerra del Yom Kippur, la OPEP detuvo la producción del crudo y estableció un embargo para los envíos hacia Occidente, especialmente Estados Unidos y Países Bajos, sumado a un boicot a Israel para poder establecer un nuevo nivel de consumo. Para esto fue necesario que el precio del barril subiera drásticamente en tren de reducir la demanda. Como contraparte, el gobierno estadounidense no pudo adaptar su economía y generó una prolongada recesión con aumento de inflación hasta principios de los años 80. La crisis provocó una espiral inflacionaria y la deuda externa impactó en las economías de América Latina, dejándolas en una posición muy endeble, e inermes ante los retos que impuso el capitalismo mundial a finales del siglo veinte. En la tabla de abajo podemos observar los efectos a corto plazo del embargo.

A largo plazo, el decomiso produjo un cambio en algunas políticas estructurales de Occidente, avanzando hacia una mayor conciencia energética y una política monetaria más restrictiva para combatir mejor la inflación.

 Nixon, por aquel entonces presidente, con el fin de remendar el desaguisado, tomó la medida de provocar una caída del precio del oro en los mercados internacionales, abandonando el patrón y finalizando el sistema de Bretton Woods. A resultas, el dólar fue devaluado fuerte hasta 1973. Esto deja entrever una similitud con el temor inflacionario que tienen ahora ciertos agentes políticos frente a la gran impresión de dólares hecha en 2020 por la pandemia.

El resto de la historia está ya sobremanera escrita: de los preceptos de Keynes se pasó a los de Friedman y la escuela de Chicago (peyorativamente se llamó a este movimiento como “neoliberalismo”, aunque el nombre correcto en la jerga técnica sería “monetarismo”).

Se dio lugar entonces a economías muy abiertas, desregulaciones a granel, privatizaciones para evitar déficits crónicos, flexibilización laboral, flujo creciente de capitales, bancas centrales ortodoxas obsesionadas con la estabilidad de precios, incremento del comercio internacional y el regreso -remozado, articulado y potenciado- del viejo modelo neoclásico de Smith y Ricardo que había caído en desgracia con el crack del 29. En rigor, no fue un problema de idealismo sino de materialismo: las invenciones tecnológicas y las condiciones efectivas de las macroeconomías de ese momento fueron la punta de lanza del cambio, y no una cuestión académica o un debate intelectual entre los ideólogos (siempre hijos de su tiempo). Entre sus frutos polémicos, puede decirse que hubo una gran expansión de capital que venció el flagelo inflacionario pero cuya riqueza quedó concentrada en pocas manos y con una distribución muy desigual de los recursos.

Asimismo, en la última parte del siglo pasado se siguieron sucesos histórico-económicos de gran envergadura, como la caída del socialismo y el ascenso de los tigres asiáticos.

 Siglo XXI, inteligencia artificial, robótica y Big Data

Lejos de amainar los efectos de las crisis financieras pasadas, Estados Unidos cometió errores similares en 2009, desembocando en una crisis de hipotecas, con la pérdida de beneficios de los principales bancos del mundo, y marcando así un fin para aquel sistema crediticio. Esta crisis financiera fue, otra vez, generada por créditos bancarios otorgados a través de un conjunto de bonos de viviendas colocados en el mercado por las principales entidades financieras del país del norte. La propuesta rápidamente se puso de moda dando su “alto” rendimiento y “bajo” riesgo, que derivó en una gran burbuja que culminó con su explosión. La crisis fue esparcida en todos los ámbitos internacionales. La recuperación fue más rápida y menos traumática que la de los treintas y la de los setentas, dado que los bancos se encontraban con más y mejores herramientas de aplicación: una inteligencia artificial más desarrollada.

Hete aquí que para volver a los niveles de capitalización previos, las autoridades como el FMI actuaron con propuestas diferentes a las tradicionales: inyección de liquidez desde las bancas centrales, intervención y nacionalización de bancos, y la ampliación de la garantía de los depósitos. El objetivo de estas soluciones fue restablecer la confianza entre el público y las entidades financieras, pero resultó difícil. Las medidas le dieron aire a la economía mundial aunque no pudieron sacarla a flote del todo.

El nuevo siglo nos trajo –desde Silicon Valey– términos como Big data, Industria 4.0, robotización, cadenas globales de valor e inteligencia artificial. Confirmando la vieja teoría sarmientina, el mundo entendió que la riqueza está, stricto sensu, en los recursos humanos más que en los naturales. Además, advino a la palestra un actor principal con una tradición milenaria: se llama China, y pisa fuerte.

En síntesis: la inteligencia artificial es una palanca multiplicadora en el progreso tecnológico de nuestro siglo veintiunio, cada vez más digital e impulsado por datos. Todo lo que nos rodea, desde los objetos culturales hasta los productos de consumo, está relacionado con algún tipo de inteligencia, artificial o humana.

Y ahora qué

Seamos cautos. Pidamos lo posible.

La historia nos ha dejado huellas sin una dirección única, por lo que solo podemos estudiarla y embarcarnos en el  desafío que significará reconstruir la economía global. Solo importará el proceso. Ergo, no tenemos que enfocarnos en el fin sino en los medios, tomando conciencia de la situación presente y asumiendo responsabilidades financieras, sociales y ambientales subordinadas al orden político democrático bajo el imperio de la ley civil. La experiencia de aprendizaje que hemos tenido con el Covid ha sido brutal.

Por un lado, las políticas públicas deberán pensarse desde la clara posibilidad de que el declive de la economía mundial  pueda venir seguido por un crecimiento cero o muy pequeño durante varios trimestres, para despegar más tarde.

Si existe un entendimiento por parte de los líderes políticos sobre los mensajes que dejan las protestas en todo el mundo con respecto al hostigamiento a la naturaleza y sus recursos, se podría esperar que en el 2022 comience un sistema de cooperación mutua, lo que en otros términos denominaríamos una globalización real. Y, a la vez, comenzaríamos a familiarizarnos más con términos como economía verde (prosperidad material, cuidado ambiental e igualdad social).

La tecnología y las comunicaciones avizoran las chances de una recuperación productiva que, una vez vacunada la mayor parte de la población mundial, nos permita en el 2023 y en adelante, desarrollar un modelo que comprenda la productividad en alza, una menor desigualdad y el respeto con otras especies.  No es de utopista, por ende, soñar con un mundo más rico y más justo, con más iniciativas de inversión y economías sustentables que contemplen estándares de salubridad, medioambiente y equidad, y que vengan de arriba hacia abajo, y a la recíproca, y de un borde del ancho del globo hacia el otro, y viceversa.

No se trata de caer en afirmaciones naif del tipo “soñar no cuesta nada”, sino del deber moral de pensar el porvenir de nuestra civilización.

Seamos razonables con nuestras expectativas.

Después de todo, para apocalipsis, hecatombes diluvianas y profecías de armaggedones, ya tenemos  como prueba suficiente esa historia que, hasta ahora, nunca ocurrió.

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