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Mutualismo y desarrollo humano

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Felipe Rodolfo Arella
Lic. en Cooperativismo y Mutualismo (UMSA). Magíster en Animación Sociocultural (Universidad de Sevilla). Ex-Presidente del CGCyM. Periodista, docente e investigador especializado en Economía Social y Solidaria, Género y Desarrollo Local.

El desarrollo humano es un proceso mediante el cual
se amplían las oportunidades de los individuos,
las más importantes de las cuales son
una vida prolongada y saludable,
acceso a la educación
y el disfrute de un nivel de vida decente.
PNUD: Desarrollo humano. Informe 1990

La idea primigenia del mutualismo fue el cuidado de las viudas y de los huérfanos del compañero artesano, como también el sustento de éste cuando enfermaba o el eterno descanso de su alma cuando fallecía.

Las finalidades del mutualismo fueron ampliándose en el transcurso del tiempo por la incorporación de nuevos objetivos solidarios como consecuencia de haberse complejizado la vida de las personas, especialmente de los trabajadores, estén o no en relación de dependencia.

Desde la Antigüedad, hasta fines del siglo XIX, los trabajadores vivían cercanos entre sí, en el campo o en las pequeñas villas, lo que facilitaba el conocimiento entre ellos por concurrir al mismo trabajo, asistir a los oficios religiosos, a las festividades regionales, a la fuente del poblado en busca de agua, o a la taberna.

De a poco, el hombre, que es precisamente el que observa y piensa, hace mecanismos para trabajar menos o para asombrar a sus vecinos, o para medir todo lo que está a su alcance y aun lo que está alejado como los astros, con lo cual introduce mejoras en los instrumentos habituales y en el uso de los mismos. Así aparecen cosas que pasan desapercibidas y que no las utilizamos en las labores habituales: la carretilla, el reloj, las poleas en las tramoyas del teatro, la brújula, el astrolabio, la bomba de agua, el tonel del vino.

El gran golpe transformador fue desarrollo del motor a vapor independizó a las máquinas de los molinos de agua o de viento que generaban el movimiento de telares, yunques, batanes, e hizo que las fábricas pudiesen instalarse en los pueblos y ciudades provocando una migración de campesinos hacia las ciudades para trabajar en establecimientos alejados de sus terruños.

Se cambian, entonces, las formas de vida, porque no es igual vivir haciendo tareas rurales que se cumplen de acuerdo a las condiciones climáticas y en las horas en que hay luz del sol, que realizar trabajos industriales que pueden cumplirse en cualquier momento del día, haya o no luz solar, llueva o haya sequías. Ello provoca grandes cambios en la vida de las personas. Sus necesidades ya no serán las mismas. Inclusive, se produce la incorporación de las mujeres y niños al trabajo industrial. Comienza la gestación de una nueva sociedad: la sociedad industrial.

El mutualismo, surgido en los talleres artesanales con la integración de todos los estratos del mismo (maestro, oficiales, aprendices), comienza a transformar su carácter asistencial en organización de lucha gremial sectorial para defensa de la empresa tradicional frente al crecimiento de las grandes industrias.

No obstante, los cambios en las costumbres sociales, en la tecnología productiva o en las ideologías políticas acerca del poder, el mutualismo continúa siendo el sistema asociativo que protege a las personas que se adhieren a él con la idea de recibir ayuda a cambio de brindarla. Por eso a las mutuales se las conoció durante siglos como “organizaciones de ayuda mutua” o de “socorros mutuos”. Estas organizaciones son verdaderas escuelas de desarrollo humano porque propenden a la educación de sus miembros y a la atención de sus necesidades primarias. Además, se dedican a brindar ayuda económica a sus miembros cuando éstos deseen mejorar su confort familiar o desarrollar un emprendimiento económico. También enseñan, a veces de manera indirecta, a practicar la democracia interna, a valorar los controles internos sobre la gestión y la equidad entre sus asociados.


Consecuencias sociales y políticas de las relaciones entre el capital y el trabajo

  1. Jornadas laborales de 12 y 15 horas.
  2. Incorporación de mujeres y niños.
  3. Prohibición de las organizaciones obreras.
  4. Rebeliones contra el maquinismo.
  5. Formación de la Sociedad de los Derechos del Hombre que organiza socorros en casos de enfermedad o desocupación.
  6. Movimiento sindical.
  7. Participación de los obreros en la Revolución de 1848 en Francia y otros países.
  8. Primera Asociación Obrera Internacional en Londres, 1862.
  9. Entre 1860 y 1881, organización de partidos políticos obreros y formación de cooperativas de trabajo.

Fuente: Barret, F. “Historia del trabajo”, EUDEBA.


Ilustración: Matías Roffé

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