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Los potenciales riesgos para la salud del COVID-19 más allá de la infección

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Dr. Mario F. Bruno
Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina) Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina) Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA) Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology) Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology) Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

Desde el inicio de la pandemia, los medios masivos de difusión y las redes sociales bombardearon a la población con noticias alarmistas. La información oficial de la autoridad argentina no le fue a la zaga, con una cuarentena extremadamente prolongada, y con la toma de decisiones a veces opuestas a las tomadas de modo previo. A esta situación, debe sumarse la desavenencia de opiniones, dentro de los mismos dirigentes, con visiones distintas de acuerdo a supuestas razones sanitarias, pero que, en el fondo, parecerían encubrir otros intereses. Esto originó en el área de salud dos situaciones graves.

Por un lado, las autoridades, sumidas en el terror de que las camas de terapia intensiva se desbordaran, desviaron el uso de muchos centros, asignándolos casi con exclusividad a los infectados por coronavirus. Numerosos establecimientos sanitarios oficiales y privados, al ampliar las áreas críticas por una eventual saturación que no llegó, destinaron áreas físicas y recursos humanos al área del COVID 19, quedando desatendidas áreas críticas, relacionadas con patologías como las cardiovasculares y las oncológicas, que representan las dos primeras causas de muerte en nuestro país y en el mundo.

Por otro lado, el terror inculcado desde los medios a la población hizo que numerosísimas personas con patologías agudas y crónicas de alta peligrosidad dejaran de concurrir a los tratamientos y/o controles imprescindibles para evitar complicaciones, muchas de ellas fatales. La conjunción de ambas situaciones, reducción de centros y de personal de atención, y el doble temor de la población a salir de sus domicilios por el virus y por las penalidades de la cuarentena, llevó a que numerosas instituciones médicas alertaran sobre la posibilidad muy concreta de un incremento de casos fatales por afecciones no COVID19, desatendidas. Es lo que denomino: “fallecidos por el coronavirus, nunca infectados por el COVID19”.

Reafirmando los conceptos precedentes, un estudio de clínicas, sanatorios y hospitales privados de Buenos Aires mostró una realidad preocupante: en medio de la pandemia se redujeron fuertemente los estudios de diagnósticos y los controles médicos. Las consultas totales por urgencias cayeron un 74% en abril de 2020 respecto al mismo periodo del año anterior (2019), según los datos obtenidos de las encuestas anónimas realizadas en 32 instituciones asociadas con servicios de internación general y terapia intensiva.

En virtud de la primera causa de mortalidad en nuestro país, que proviene de las enfermedades cardiovasculares (que abarcan el infarto de miocardio, accidente cerebrovascular e insuficiencia cardíaca) que provocan el deceso de alrededor de 100.000 personas argentinos por año (280 muertes por día), el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA) emitió el siguiente informe, cuya parte esencial, reproducimos textualmente:

“Utilizando estadísticas previas en el mes de marzo se estima que sucedieron 7.200 muertes cardiovasculares, lo que hace lucir la mortalidad del COVID-19 durante el mismo período poco relevante. Tomando un escenario de menor control, prevención y manejo de las ECV, podríamos estar enfrentando un escenario de 10 a 15 por ciento de incremento de la mortalidad cardiovascular a partir del mes de abril hasta octubre del 2020, de manera que observaríamos un incremento de muertes evitables de entre 6 y 9 mil personas”.

Se trata de conclusiones realmente alarmantes, porque advertimos cifras significativas que, en condiciones “normales”, se hubieran evitado. Otro dato registrado, como las disminuciones del 62% de las internaciones por cuadros coronarios agudos, permite presumir que los pacientes por temor coronavirus están transcurriendo cuadros de infartos y anginas de pecho inestables en sus hogares, exponiéndose a secuelas y riesgo de muerte.

Respecto a la segunda causa de muerte, el cáncer, tenemos como ejemplo el que afecta al colon. En nuestro país, se diagnostican anualmente 13.000 casos nuevos de cáncer de colon, a través de la colonoscopía. Este tipo de estudios se redujo un 80%, hecho por el que ineludiblemente tendremos más diagnósticos con enfermedad avanzada y, por lo tanto, con peor pronóstico.

Un hecho similar ocurrió en relación al cáncer de mama, con una reducción del 61% de las consultas y un 83% de las mamografías y ecografías mamarias. También se redujeron en un 16%, los tratamientos de quimioterapia, circunstancia que muestra una demora, a veces con consecuencias irreversibles, de los tratamientos oncológicos oportunos. Solo citamos, pero no es menos trascedente la falta de control y ajuste terapéutico para la hipertensión arterial, y la diabetes, que inducen a descompensaciones y fallecimientos prematuros.

Por otro lado, el aislamiento social, preventivo y obligatorio originó un malestar psicológico propio del encierro, con aumento de la ansiedad, depresión, estrés, desesperanza, insomnio, ausencia de proyectos, pérdida de la autoestima y otros sentimientos negativos. A esto se le suma el efecto socioeconómico de las políticas utilizadas para gestionar la pandemia, que inevitablemente tendrá graves efectos sobre la salud psíquica al aumentar el desempleo, la inseguridad económica y la pobreza.

Desde aquí recomendamos a las autoridades regularizar urgentemente la atención global de la salud, y, a la población, asistir a realizar las consultas, estudios y tratamientos, sin demorar y cumpliendo las normas elementales del COVID 19: barbijo, lavado de manos y distanciamiento social.

Ilustración Matías Roffe

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