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La vacuna anti-Covid como problemática personal y social

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina) Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina) Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA) Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology) Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology) Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

El sistema inmunológico es el encargado de las defensas de nuestro organismo frente al contagio de enfermedades infecciosas. Se compone de dos ramas: la inmunidad propia, con la que nacemos; y la inmunidad adaptativa, que se va originando a través del tiempo, por exposición a diversas enfermedades o provocadas a través de las vacunas.

Esta defensa adaptativa está a cargo de dos tipos celulares: los llamados linfocitos B y T. Los linfocitos B son los encargados de producir anticuerpos, cuya función es evitar que el virus se replique. Los linfocitos T pueden destruir células infectadas por el virus o liberar sustancias denominadas citoquinas, que instruyen a la inmunidad innata a cómo enfrentar la infección.

Las vacunas son medicamentos que se preparan a partir de alguna fracción de una bacteria o de un virus, a la que se le quita la posibilidad de producir una enfermedad. Al incorporarlo, sea por vía inyectable u oral, estimula la formación de defensas creando anticuerpos y/o inmunidad celular, que protegerá nuestro organismo, en caso de que estemos expuestos con el germen en cuestión. La respuesta originada por la vacuna o la enfermedad queda “grabada” en lo que se denomina “memoria inmunológica”, que es como un entrenamiento para que cuando estemos en contacto con el germen en cuestión, la respuesta inmunológica sea rápida y efectiva.

La activación de los linfocitos B se traducirá en la formación de anticuerpos, que bloquean la capacidad infecciosa del germen invasor, protegiéndonos de enfermedades. Estos anticuerpos pueden detectarse a través de un análisis de sangre a partir de la segunda semana de haber administrado la vacuna. En relación a los linfocitos T, su activación lleva a la destrucción de células infectadas, y estimula la inmunidad innata.  Por lo tanto, las vacunas actúan preparando y estimulando las defensas naturales de nuestro cuerpo para que detecten y enfrenten diferentes gérmenes.

Si luego de estar vacunado, la bacteria o el virus penetran en nuestro organismo, serán eliminados rápidamente por el sistema inmunológico, impidiendo la aparición de la enfermedad. Por lo tanto, el vacunado reduce considerablemente el riesgo de infección y, como consecuencia directa, disminuye significativamente la posibilidad de contagiar a otras personas. A mayor número de vacunados, menor será la posibilidad de contagiar el germen a otros, originando así la llamada inmunidad de rebaño, colectiva o de grupos. Esta situación favorece a aquellos que, por diferentes situaciones, como los que padecen alergia u otras enfermedades, están impedidos de recibir la vacuna.

La inmunidad colectiva no indica que los no vacunados sean inmunes, sino que al circular menos virus tienen una menor probabilidad de contagiarse. En resumen, en las áreas con elevado índice de inmunidad los no vacunados no están protegidos, pero tienen una menor chance de contraer la enfermedad que si estuvieran en un área no inmunizada. Incluso, si gran parte de una población esta vacunada, los que no lo están poseen un riesgo de contagiarse parecido al de los vacunados.

El hecho de la presencia de inmunidad de grupo en una comunidad ha demostrado enorme utilidad en afecciones infecciosas que se trasmiten de persona a persona, como la fiebre amarilla, la poliomielitis, el meningococo, la neumonía, la gripe, y muchas otras. La inmunidad de grupo carece de toda acción en enfermedades infecciosas donde los gérmenes están en el ambiente, como el tétanos, y no en otro ser humano.

En estas circunstancias, aunque la mayor parte de los habitantes estén vacunados, el que no lo hizo carece de protección. Cada afección trasmisible debe tener una determinada proporción de habitantes vacunados, para que la comunidad esté protegida por la inmunidad de grupo. Los últimos datos muestran que para que la población esté protegida en la presente pandemia por Covid 19, el 80% de los habitantes debe estar vacunados. Todo lo expresado muestra la doble importancia que tiene vacunarse contra el Covid-19, ya que, haciéndolo, se puede evitar contraer el virus y, en caso de infectarnos, nos ayuda a evitar las complicaciones graves tan temidas, como por otro lado, a su vez, al originar inmunidad de grupo, protegemos a la población que no puede vacunarse. Ayudándonos, simultáneamente ayudamos a los demás.

Ilustración: Matías Roffe

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