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La pandemia desde adentro: vivencias desde la trinchera

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Dr. Mario F. Bruno
Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina) Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina) Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA) Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology) Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology) Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

Desde enero de este año, integro el grupo “Paliativos en Movimiento”, destinado fundamentalmente a la docencia en Cuidados Paliativos. Lo hago junto a la Lic. Andrea Poc, la Lic.  Claudia Mónica García, la Lic. y Abogada Marianela Balanesi, el Investigador Víctor Piccininni  y el Dr. Francisco Javier Oleastre. Precisamente, este último profesional está desarrollando su actividad dentro del “Plan Detectar”, en el barrio la Cava del área de Lomas de Zamora, es decir, en plena zona infectada no solo por el Coronavirus, sino también por la pobreza, el hambre y muchas otras enfermedades.

Desde la trinchera, este destacadísimo profesional cumple tareas asistenciales, y simultáneamente relata con una visión humanística las duras experiencias relacionadas con el equipo de salud. Soldado y corresponsal de guerra, a la vez.

¿Cómo vive el equipo de salud, esta situación?

“El personal de salud en el ámbito del llamado programa “detectar” ha debido imperiosamente amalgamar (rejuntar) varias generaciones de profesionales de la salud en las que se encuentran, cada una, con su formación académica dispar, sus formas y maneras muy distintas. Los más viejos con una formación más sólida y quizá frágil y los más novatos con la impronta ineludible del milenio, sus usos y costumbres a veces sobrevalorando el uso indiscriminado del llamado lenguaje inclusivo, lo que nos priva de datos epidemiológicos que resultarían fundamentales. Así el trato con las personas, razón de nuestra práctica, se dificulta aún más que por las diferencias socioeconómicas obscenas que afloran espontáneamente y se agravan con esta nueva barrera idiomática. Nuestros pacientes muchas veces usan una jergafasia propia de algunas poblaciones cerradas en los confines de una realidad social paupérrima, y que en muchos casos requiere de una plasticidad comunicacional que en la formación académica novel no siempre se desarrollan. Existe otra barrera más: la del distanciamiento que genera abismos ya no sociales, en términos físicos, sino más bien en no saber el idioma y conocer el léxico de nuestro interlocutor, premisa primordial para el entendimiento y la comunicación. Ni qué decir con una gran parte de la población con la que se interactúa proveniente de países vecinos, y que son muchas veces mayoritarios en nuestra población de estudio”.

Por otro lado, expresa el Dr.  Oleastro, con respecto  a los miedos e incertidumbres que se apoderan del equipo de salud frente a una situación nueva y desconocida:

“El miedo es compartido y muchas veces es mayor en el equipo de salud expuesto a una relación de pares, igualados a la fuerza y con vulnerabilidades equiparadas por una proteína (ARN). El terror paraliza, aunque disfrazado de cierta dinámica. El miedo en el equipo de salud primero detiene y luego al automatizarse el gesto, se distrae peligrosamente. Por ejemplo, ponerse y quitarse el equipo de protección personal es, bien realizado, un ritual profiláctico, pero puede que su mecanización resulte mortal. La mayoría de los contagios en el equipo de salud se dan por impericia imprudencia o negligencia al realizar este simple acto de vestirse y desvestirse con las catáfilas de las telas hidro repelentes.”

Finalmente, el profesional nos habla de la otra pandemia:

“Una porción proteica, como es el coronavirus, requiere de nuestras células para replicarse a nuestras expensas, en un aparente sin sentido. En ese hacer, molesta e inflama a nuestro organismo, produciendo una tormenta de sustancias relacionadas con nuestras defensas, llamadas citoquinas, que, a veces, resulta mortal. Este proceso aparentemente químico y reducido a un proceso no inexorablemente vital, produce en el psiquismo de las personas afectadas, sea cual fuere su rol, ya de enfermo ya de sano (circunstanciales ambos), una serie de cambios que podrían explicarse por el concepto de burnout o el síndrome postraumático perpetuo. Alteraciones de la conducta, irritabilidad, agresividad, son todas variantes de la pérdida del primer instinto, el “gregario”, que es aquel que nos lleva a la búsqueda del semejante, que ahora enmascarado, desaparece detrás de un barbijo. Del vocablo gregario surgen otros: agredir, grupo, gracias, agradar como formas también primarias de vínculo. Se empodera (neologismo del aludido lenguaje inclusivo) el rinencéfalo, nuestro vestigio de cerebro antiguo reptil, animal y se corre riesgo de perder las funciones superiores gobernadas por el lóbulo frontal, el que nos diferencia del resto de los seres vivos en aparente superioridad. La otra pandemia ya está presente, y se manifiesta a través de alteraciones psíquicas, emocionales y afectivas, en la que los buenos sacaran lo mejor de sí y los malos lo peor. Quizá no cambie tanto el mundo”.

Hasta aquí, algunos aspectos de los pensamientos de un excelente profesional de la salud, enviado a detectar virus, en medio de los virus.

Ilustración: Matías Roffe

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