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Economía del bien común

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Felipe Rodolfo Arella
Lic. en Cooperativismo y Mutualismo (UMSA). Magíster en Animación Sociocultural (Universidad de Sevilla). Ex-Presidente del CGCyM. Periodista, docente e investigador especializado en Economía Social y Solidaria, Género y Desarrollo Local.

Hace cosa de diez años comenzó a hablarse de la “economía del bien común” como consecuencia de una propuesta lanzada por Christian Felber, un economista austríaco que rápidamente tuvo numerosos seguidores.

El bien común es un concepto filosófico que podemos encontrar en Aristóteles, que dice que la ciudad se sostiene merced a la reciprocidad proporcional de sus habitantes. Luego, en la escolástica medieval, devino en concepto teológico, ya que santo Tomás de Aquino, en la Summa Teológica, expresa que en lo que concierne al uso, el hombre no debe considerar las cosas exteriores como si le fueran propias, sino que debe considerarlas como comunes, haciendo participar de ellas a los otros en la satisfacción de sus necesidades. También concitó el interés de juristas, políticos y economistas que procuran justificar sus acciones recurriendo al bien común.

Si transitamos las páginas de la historia general de las naciones, podemos ver que la misma se desarrolla dentro de un conflicto permanente entre el egoísmo y la solidaridad, entre la desmesura del poder unos pocos y el sometimiento de muchos otros.

Señala Isabel María Pérez Rodríguez de Vera, catedrática de la Universidad de Murcia, que el término “solidaridad” se encuentra atestiguado en el digesto o Pandectas de Justiniano, y que con posterioridad, durante la Edad Media, los juristas reavivan el término y los intelectuales lo utilizan durante el siglo XVII en Francia, unido siempre al léxico de la jurisprudencia: “solidaridad”  y “solidariamente”. Recién en el siglo XVII se populariza en Francia, ya que hasta entonces se utilizaba el término “caridad”, entendido como una virtud teologal, cualidad inherente al hombre que comprendía el amor a Dios y al prójimo, mediante la limosna o el socorro, el servicio a los pobres y a los enfermos.

Estas ideas de solidaridad, caridad o bien común, nos recuerdan los principios del cooperativismo y, aunque no enunciados explícitamente, los objetivos de las primitivas organizaciones de socorros mutuos que velaban por atenuar los padecimientos de sus miembros.

La citada pedagoga recuerda que el pensador francés Pierre Lerroux (1797-1871), reemplazó la idea de la caridad cristiana por la de solidaridad humana, fundándose en razones que sólo pueden convencer a un positivista y que él mismo expuso en su libro De l´Humanité. El filósofo hace de la solidaridad una característica antropológica que la convierte en la base de la vida social; supera la división del género humano en naciones, familias o propiedades, estableciendo la unión entre los hombres. Este concepto estimado en su dimensión semántica se aproxima al término filantropía.

El sistema económico

El profesor Daniel Passaniti rescata la definición que hace Joseph Lagujie, de los sistemas económicos como el “conjunto de instituciones jurídicas y sociales dentro de las cuales se ponen en marcha medios técnicos y humanos a efectos de asegurar el equilibrio económico.” Partiendo de allí, Passaniti dice que las leyes económicas tratan de generalizar conductas humanas en un marco de referencia dado. Son leyes condicionales y provisionales, por cuanto nuevos hechos o cambios de algunas variables pueden modificar sus postulados.

Más adelante, agrega que también las leyes económicas son leyes sociales que expresan tendencias, regularidades o uniformidades observadas en la conducta racional y libre del hombre considerado sujeto económico. Precisamente, la racionalidad del sujeto es lo que permite advertir y formular esas generalidades y probabilidades propias del enunciado de toda ley económica.  

Passaniti aclara que la violación de la ley de oferta y demanda, por su parte, puede llevar a la economía al dirigismo y estatismo, asumiendo el Estado funciones que no le son propias (ej: fijación de precios y salarios), lo que redundará en la falta de incentivo del sector privado para producir, con la consecuente disminución de la renta nacional y empobrecimiento general de la sociedad. Se paraliza así el proceso económico en virtud de la ausencia de mercado y de competencia. En síntesis, una economía sin mercado (cambio) no funciona. Tampoco funciona una economía sin justicia. Es por ello que no se puede violar impunemente estas dos leyes enunciadas; la necesidad de ambas, como dijimos, responde y procede de la misma naturaleza humana individual y social. Pero, como afirmó el P. Meinvielle, la ley de reciprocidad en los cambios y la aplicación de la justicia en el mercado, sólo podrá funcionar en una sociedad en donde, además del bien particular que busca cada individuo, existe un poder público ordenador que tienda a procurar el Bien Común.

Mirarse hacia adentro

Mutualistas y cooperativistas deberían sentirse orgullosos de saberse integrantes de una antiquísima tradición de solidaridad y responsabilidad social con sus consocios y, por extensión, con la comunidad. Esas organizaciones, sin haberlo expresado durante siglos, contribuyeron a fortalecer la idea del bien común, no como una forma de distribuir por igual la riqueza generada por otros, sino de una manera equitativa al esfuerzo realizado para alcanzarla.

Por eso, debido a esa extensa historia de protección conjunta de esclavos, siervos, artesanos y trabajadores que buscaros en la ayuda mutua la concreción del intelectualizado concepto del bien común, es necesario estar advertidos sobre los nuevos cantos de sirenas que pueden llevar a las organizaciones populares al desmadre, porque el bien común no pretende la igualdad sino la posibilidad de que todos puedan mejorar su situación particular si se valora el esfuerzo realizado por cada uno.  

Fuentes:

Ilustración: Matías Roffé

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